Estas navidades siniestras, de Gabriel Garcia Marquez

El reconocido escritor Gabriel García Márquez  quien recibiera el premio nobel de literatura en el año 1982, se hizo famoso por sus fabulosos escritos entre los que se puede encontrar la más popular novela que es “Cien años de soledad” la cual fue traducida a más de 25 idiomas y gano innumerables premios internacionales. Pero si hablamos de escritos geniales hoy les mostraremos un cuento de navidad llamado Estas Navidades Siniestras escrito y publicado el 24 de diciembre de 1980, en el cual García Márquez quiso plasmar su sentir acerca de esta fecha tan importante para todos los cristianos pero que en muchas ocasiones se nos olvida lo esencial y la razón por la que se celebra.

Después de leer este cuento (Estas Navidades Siniestras) quizás podamos volver a sentir un poco el verdadero valor de la navidad, encontraremos la verdadera noche de paz y amor y podremos compartir de corazón sin creer que todo se trata de regalos y presentes. Un buen cuento para leer en el idioma inglés y en español.

Estas navidades siniestras, del famoso escritor Gabriel Garcia Máquez

Ya nadie se acuerda de Dios en Navidad. Hay tantos estruendos de cometas y fuegos de artificio, tantas guirnaldas de focos de colores, tantos pavos inocentes degollados y tantas angustias de dinero para quedar bien por encima de nuestros recursos reales que uno se pregunta si a alguien le queda un instante para darse cuenta de que semejante despelote es para celebrar el cumpleaños de un niño que nació hace 2.000 años en una caballeriza de miseria, a poca distancia de donde había nacido, unos mil años antes, el rey David. 954 millones de cristianos creen que ese niño era Dios encarnado, pero muchos lo celebran como si en realidad no lo creyeran. Lo celebran además muchos millones que no lo han creído nunca, pero les gusta la parranda, y muchos otros que estarían dispuestos a voltear el mundo al revés para que nadie lo siguiera creyendo. Sería interesante averiguar cuántos de ellos creen también en el fondo de su alma que la Navidad de ahora es una fiesta abominable, y no se atreven a decirlo por un prejuicio que ya no es religioso sino social.Lo más grave de todo es el desastre cultural que estas Navidades pervertidas están causando en América Latina. Antes, cuando sólo teníamos costumbres heredadas de España, los pesebres domésticos eran prodigios de imaginación familiar. El niño Dios era más grande que el buey, las casitas encaramadas en las colinas eran más grandes que la virgen, y nadie se fijaba en anacronismos: el paisaje de Belén era completado con un tren de cuerda, con un pato de peluche más grande que Un león que nadaba en el espejo de la sala, o con un agente de tránsito que dirigía un rebaño de corderos en una esquina de Jerusalén. Encima de todo se ponía una estrella de papel dorado con una bombilla en el centro, y un rayo de seda amarilla que había de indicar a los Reyes Magos el camino de la salvación. El resultado era más bien feo, pero se parecía a nosotros, y desde luego era mejor que tantos cuadros primitivos mal copiados del aduanero Rousseau.

La mistificación empezó con la costumbre de que los juguetes no los trajeran los Reyes Magos -como sucede en España con toda razón-, sino el niño Dios. Los niños nos acostábamos más temprano para que los regalos llegaran pronto, y éramos felices oyendo las mentiras poéticas de los adultos. Sin embargo, yo no tenía más de cinco años cuando alguien en mi casa decidió que ya era tiempo de revelarme la verdad. Fue una desilusión no sólo porque yo creía de veras que era el niño Dios quien traía los juguetes, sino también porque hubiera querido seguir creyéndolo. Además, por pura lógica de adulto, pensé entonces que también los otros misterios católicos eran inventados por los padres para entretener a los niños, y me quedé en el limbo. Aquel día como decían los maestros jesuitas en la escuela primaria- perdía la inocencia, pues descubrí que tampoco a los niños los traían las cigüeñas de París, que es algo que todavía me gustaría seguir creyendo para pensar más en el amor y menos en la píldora.

Todo aquello cambió en los últimos treinta años, mediante una operación comercial de proporciones mundiales que es al mismo tiempo una devastadora agresión cultural. El niño Dios fue destronado por el Santa Claus de los gringos y los ingleses, que es el mismo Papa Noél de los franceses, y a quienes todos conocemos demasiado. Nos llegó con todo: el trineo tirado por un alce, y el abeto cargado de juguetes bajo una fantástica tempestad de nieve. En realidad, este usurpador con nariz de cervecero no es otro que el buen san Nicolás, un santo al que yo quiero mucho porque es el de mi abuelo el coronel, pero que no tiene nada que ver con la Navidad, y mucho menos con la Nochebuena tropical de la América Latina. Según la leyenda nórdica, san Nicolás reconstruyó y revivió a varios escolares que un oso había descuartizado en la nieve, y por eso le proclamaron el patrón de los niños. Pero su fiesta se celebra el 6 de diciembre y no el 25. La leyenda se volvió institucional en las provincias germánicas del Norte a fines del siglo XVIII, junto con el árbol de los juguetes. y hace poco más de cien años pasó a Gran Bretaña y Francia. Luego pasó a Estados Unidos, y éstos nos lo mandaron para América Latina, con toda una cultura de contrabando: la nieve artificial, las candilejas de colores, el pavo relleno, y estos quince días de consumismo frenético al que muy pocos nos atrevemos a escapar. Con todo, tal vez lo más siniestro de estas Navidades de consumo sea la estética miserable que trajeron consigo: esas tarjetas postales indigentes, esas ristras de foquitos de colores, esas campanitas de vidrio, esas coronas de muérdago colgadas en el umbral, esas canciones de retrasados mentales que son los villancicos traducidos del inglés; y tantas otras estupideces gloriosas para las cuales ni siquiera valía la pena de haber inventado la electricidad.

Todo eso, en torno a la fiesta más espantosa del año. Una noche infernal en que los niños no pueden dormir con la casa llena de borrachos que se equivocan de puerta buscando dónde desaguar, o persiguiendo a la esposa de otro que acaso tuvo la buena suerte de quedarse dormido en la sala. Mentira: no es una noche de paz y de amor, sino todo lo contrario. Es la ocasión solemne de la gente que no se quiere. La oportunidad providencial de salir por fin de los compromisos aplazados por indeseables: la invitación al pobre ciego que nadie invita, a la prima Isabel que se quedó viuda hace quince años, a la abuela paralítica que nadie se atreve a mostrar. Es la alegría por decreto, el cariño por lástima, el momento de regalar porque nos regalan, o para que nos regalen, y de llorar en público sin dar explicaciones. Es la hora feliz de que los invitados se beban todo lo que sobró de la Navidad anterior: la crema de menta, el licor de chocolate, el vino de plátano. No es raro, como sucede a menudo, que la fiesta termine a tiros. Ni es raro tampoco que los niños -viendo tantas cosas atroces- terminen por creer de veras que el niño Jesús no nació en Belén, sino en Estados Unidos.

This sinister Christmas (Inglés)

Nobody remembers God at Christmas anymore. There are so many roars of comets and fireworks, so many garlands of colored lights, so many innocent turkeys slaughtered and so many anguish of money to be well above our real resources that one wonders if someone has a moment to realize that such a mess is to celebrate the birthday of a child who was born 2,000 years ago in a stable of misery, a short distance from where he had been born, a thousand years before, King David. 954 million Christians believe that this child was God incarnate, but many celebrate it as if they did not believe it. It is also celebrated by many millions who have never believed it, but they like to party, and many others who would be willing to turn the world upside down so that no one would continue to believe it. It would be interesting to find out how many of them also believe in the depths of their souls that Christmas is now an abominable holiday, and they dare not say it because of a prejudice that is no longer religious but social. The most serious of all is the cultural disaster that these perverted Christmases are causing in Latin America. Before, when we only had customs inherited from Spain, domestic mangers were prodigies of family imagination. The child God was bigger than the ox, the little houses perched on the hills were bigger than the virgin, and nobody noticed anachronisms: the landscape of Bethlehem was completed with a rope train, with a bigger stuffed duck than A lion swimming in the living room mirror, or with a transit agent who led a flock of lambs in a corner of Jerusalem. Above all, there was a golden paper star with a light bulb in the center, and a yellow silk ray that was to indicate to the Magi the way to salvation. The result was rather ugly, but it looked like us, and it was certainly better than so many primitive pictures badly copied from the customs officer Rousseau.

The mystification began with the custom that toys were not brought by the Magi – as happens in Spain with all reason – but the child God. The children went to bed earlier so that the gifts would arrive soon, and we were happy hearing the poetic lies of the adults. However, I was not more than five years old when someone in my house decided that it was time to reveal the truth to me. It was a disappointment not only because I really believed that it was the child God who brought the toys, but also because I wanted to continue believing. In addition, by pure logic of adult, I thought then that also the other Catholic mysteries were invented by the parents to entertain the children, and I stayed in limbo. That day, as the Jesuit teachers said in elementary school, I lost my innocence, because I discovered that the children were not brought by the storks of Paris, which is something that I would still like to continue believing to think more about love and less about the pill. .

All that changed in the last thirty years, through a commercial operation of global proportions that is at the same time a devastating cultural aggression. The child God was dethroned by the Santa Claus of the gringos and the English, who is the same Pope Noel of the French, and who we all know too much. We arrived with everything: the sleigh pulled by a moose, and the fir-tree loaded with toys under a fantastic snowstorm. In reality, this usurper with the nose of a brewer is none other than the good Saint Nicholas, a saint whom I love very much because he is my grandfather the Colonel, but who has nothing to do with Christmas, and much less with the Tropical Christmas Eve of Latin America. According to the Nordic legend, Saint Nicholas rebuilt and revived several schoolchildren that a bear had dismembered in the snow, and for that reason they proclaimed him the patron saint of children. But his party is celebrated on December 6 and not 25. The legend became institutional in the North Germanic provinces at the end of the eighteenth century, along with the tree of toys. and a little over a hundred years ago it passed to Great Britain and France. Then he went to the United States, and they sent it to us for Latin America, with a whole culture of contraband: artificial snow, colored lamps, stuffed turkey, and these fifteen days of frantic consumerism that very few dare to escape . However, perhaps the most sinister of these Christmases of consumption is the miserable aesthetic that they brought with them: those indigent postcards, those strings of colorful little lights, those little glass bells, those mistletoe crowns hanging on the threshold, those songs of mentally retarded people who are translated Christmas carols from English; and so many other glorious stupidities for which it was not even worth having invented electricity.

All that changed in the last thirty years, through a commercial operation of global proportions that is at the same time a devastating cultural aggression. The child God was dethroned by the Santa Claus of the gringos and the English, who is the same Pope Noel of the French, and who we all know too much. We arrived with everything: the sleigh pulled by a moose, and the fir-tree loaded with toys under a fantastic snowstorm. In reality, this usurper with the nose of a brewer is none other than the good Saint Nicholas, a saint whom I love very much because he is my grandfather the Colonel, but who has nothing to do with Christmas, and much less with the Tropical Christmas Eve of Latin America. According to the Nordic legend, Saint Nicholas rebuilt and revived several schoolchildren that a bear had dismembered in the snow, and for that reason they proclaimed him the patron saint of children. But his party is celebrated on December 6 and not 25. The legend became institutional in the North Germanic provinces at the end of the eighteenth century, along with the tree of toys. and a little over a hundred years ago it passed to Great Britain and France. Then he went to the United States, and they sent it to us for Latin America, with a whole culture of contraband: artificial snow, colored lamps, stuffed turkey, and these fifteen days of frantic consumerism that very few dare to escape . However, perhaps the most sinister of these Christmases of consumption is the miserable aesthetic that they brought with them: those indigent postcards, those strings of colorful little lights, those little glass bells, those mistletoe crowns hanging on the threshold, those songs of mentally retarded people who are translated Christmas carols from English; and so many other glorious stupidities for which it was not even worth having invented electricity.

All that, around the most frightening party of the year. A hellish night in which the children can not sleep with the house full of drunks who make a mistake in looking for a place to drain, or chasing the wife of another who perhaps had the good fortune to fall asleep in the living room. Lie: it is not a night of peace and love, but quite the opposite. It is the solemn occasion of people who do not love each other. The providential opportunity to finally leave the commitments postponed as undesirable: the invitation to the poor blind man that nobody invites, to the cousin Isabel who remained a widow fifteen years ago, to the paralytic grandmother that nobody dares to show. It is joy by decree, affection for pity, the moment to give away because they give us, or to give us, and to mourn in public without giving explanations. It is the happy hour that the guests drink everything that was left over from the previous Christmas: the mint cream, the chocolate liqueur, the banana wine. It is not uncommon, as often happens, for the party to end up being shot. Nor is it strange that children-seeing so many atrocious things-end up believing that the baby Jesus was not born in Bethlehem, but in the United States.

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